viernes, julio 03, 2009, rallada de belga_seg a las 7/03/2009 03:30:00 AM
Es una vez, un momento, un instante, un ahora, un alguien con dos manos, diez dedos, un corazón y una cabeza que a estas horas de la noche está pensando en ti y escribiendo para ti. Tiene palabras y espacios, letras que junta despacio y escoge milimétricamente, para que comiences a vivir, al ritmo del latido que tenías cuando tu corazón bombeaba sangre eléctrica. Cuando vivías de verdad. No quiere verte así; paseando despacio, indiferente, con la mirada vacía sobre las baldosas llenas de gris que ha plantado a golpes la vida sobre una tierra que antes pisabas como se salta sobre los charcos cuando se es niño: con una dosis extra de gravedad que hace que un 9,8 sea insuficiente. Y ¿quién ha tenido la indecencia de robarte el sobresaliente?
Ese alguien cree recordar otro de tus secretos, y no piensa dejar que las ruedas de la ambulancia que aparca junto a tu cama mientras otro cuento intenta que sueñes bonito, se pinchen durante el día. No piensa permitir que se acabe el oxígeno que lleva dentro, ni consentirá que las luces de emergencia de fuera permanezcan apagadas; ni siquiera cuando tú las quieras fundir. No dejará que la camilla desaparezca y que solo exista suelo sobre el que caer cuando la rutina pese demasiado y te tumbe. Ese alguien no piensa permitir que la ambulancia no pueda correr esquivando el tráfico en mitad de un atasco de incomprensión. Y tampoco cederá ante la tentación de dejarla tirada, en medio de cualquier carretera desértica, cuando se cale y sea incapaz de hacer ruido al intentar arrancar. Al intentar pronunciar una palabra que nunca parece llegar: ayuda.
"Jugó contigo”, le dijeron una vez... y no se acordó. Entonces reflexionó y pensó que los recuerdos solo siguen ahí si son revividos de vez en cuando. Buscó entre sus zapatillas y encontró unas con la suela tan lisa, que resbalar y caer en el pasado resultaba inevitable. Y lo hizo; una y otra vez, pero no encontró nada de lo que le habían contado, aunque creyó sospechar algo. Entonces reflexionó por segunda vez y determinó que si atrás no quedaba nada, la solución estaba en crear pasado sobre el propio presente. Se compró unas zapatillas a juego con su nueva equipación, azules como el color que faltaba en su vida; ni por un instante podría imaginar que en aquel momento existiese un matiz tan frío en sus matrices. Y se dispuso a trazar recuerdos futuros con los pies.
Pasarían los años; hasta tres. Y desde un principio decidió alternar la satisfacción de marcar goles con el placer de ver jugar a quien nunca se rinde, a quien no da un balón por perdido, a quien disfruta sobre una cancha como lo haría una termita sobre el parqué de un salón. Se maravilló viendo cómo lo había convertido en el suyo; en el de su casa, aunque intuía que en la suya de verdad nunca lo llegarían a entender del todo. Se maravilló viendo cómo no había lugar en el mundo en el que desprendiese mayor comodidad. Durante todo aquel tiempo hasta hoy llegó a comprender que los puntos de vida siempre se ganan con una victoria y que, en muchísimas ocasiones, incluso se pueden lograr con una derrota. Desde la grada aplaudió sin descanso la labor de aquellas piernas incansables; dispuestas a caminar siempre un centímetro más. Por muy duro que se presumiese el terreno. Deseó tener unas iguales: igual de fuertes, igual de potentes, igual de imparables en la carrera.


Muchas veces le sugirieron, “Id en un coche”... y se dio cuenta de que yendo en cualquiera de los dos terminaría subiendo en el mismo. Distinto color y mismo modelo: blanco y negro. Pronto advirtió que aquella diferencia dentro de la igualdad se repetiría con el paso del tiempo y de las historias, de los gustos y los disgustos, del carácter y los caracteres, hasta, como mínimo, aquellas 205 veces que marcaba la puerta del maletero. Hasta llegar a completarse en cada aspecto. Finalmente fueron en el mismo coche, aunque ya no recuerda muy bien en cuál. Vieron aviones y autos de scalextric en miniatura volar sin motor, por aire y por tierra y, abandonando el mando automático con el que le manejaba la vida, se bajó del mundo y decidió que seguiría a su lado hasta por mar; navegando en un barquito de cáscara de nuez adornado con velas de papel si hiciera falta. Se dio cuenta de que su sonrisa era el único motor que le hacía falta. Aquella sonrisa era pura vida. Vida y nada más.
Fue entonces, días o quizás algún mes más tarde, cuando fueron apareciendo un montón de personas que se pusieron de acuerdo para decir “llegarás lejos”. Y supo que aquella frase no era para ella; aunque la hubiesen pronunciado personas del mismo círculo que encerraba a dos simples aprendices. Aquella frase no era para ella y pronto tuvo la oportunidad de comprobarlo. Pensó que todos aquellos señores y todas aquellas señoras tenían razón. Y se pasó horas y horas, con una frecuencia de 103.3 veces por segundo cuando la ubicación se lo permitía, escuchando una voz atravesar con finura las rendijas de las telas que protegen los altavoces de la contaminación acústica a la que a veces se ven sometidos desde dentro; desde el ruido que emiten. Lejos de aquello, la suya conseguía emocionar, enviar sentimientos directos a los sentidos, explicar la diferencia entre el oír y el escuchar, el ruido y el sonido.
Pero de repente, un día alguien decidió apagarla sin justificación alguna. Saltaron los plomos de las cuerdas vocales de los micrófonos y nadie se atrevió a presentar como prueba una factura no pagada a tiempo. Ni siquiera una no pagada. Nada. Ni un solo incumplimiento de las tareas. Se cortó la comunicación y entonces recordó todo lo lejos que le había visto llegar.
Se acordó de aquel día en el que celebrando la llegada de los dos patitos, el dueño del restaurante se negó a cobrar lo pactado según el menú. Recordó cómo la única explicación que dio para renunciar a la plata fue que días antes había mantenido una conversación de oro junto a su acompañante; una de esas en las que el paréntesis en la boca, a pesar de la falta de la imagen del medio, se dibuja mucho más sincero que cualquiera de las sonrisas profident que cada día se pueden ver en los platós de televisión. Mientras disfrutaba del postre, sabía que tenía ante sí a un auténtico volcán. También se acordó de aquellas tardías siete y media de una tarde de mediados de mayo en la que comprendió, de verdad y en primera persona, por qué aquel día, meses atrás, les habían invitado en su propio cumpleaños. Recordó cómo le fascinó su manera de trabajar. Recordó la envidia que sintió al ver su manera de atravesar la frontera entre lo inapetente y lo apetitoso con el simple hecho de cruzar una puerta y ponerse unos cascos, dar la señal de comienzo, y empezar a hablar con una sensibilidad y una pasión, una mezcla entre fragilidad y deseo, que hasta entonces solo había encontrado en los dibujantes con tizas del capítulo 64. Se acordó de muchísimos momentos más que habían demostrado que su recorrido en menos de tres años era muchísimo mayor que el de tanta y tanta gente que se pasa la vida dando vueltas al mismo círculo, sin mirar hacia delante, sin perseguir una meta que siempre está al alcance, pero a la vez siempre en el horizonte.
No pasaron ni tres días y escuchó, en el silencio, llorar a alguien que le hizo llorar a ella también. Y no, por una vez, en su caso, no tenía nada que ver con los opuestos puntos de vista sobre los modos en que se baila el agua. En el caso de quien derramó las primeras lágrimas estaba relacionado con la cárcel, con la forma de mantener presa a la libertad. Y aún entonces, encontró una circunstancia que admirar en aquella persona: la fuerza de voluntad con la que hasta hoy ejerce una oposición sin tregua contra sus propios sueños. Pensó que era imposible que no se hubiera dado cuenta de lo musculoso que tenía el corazón y también el alma, y se propuso hacerle ver que con esos dos jugadores en forma, era imposible no meterle un gol a la vida, devolviéndole así tres letras por cada golpe propinado.
Y entonces apareciste tú. Tú en el pasado. Y recordó una frase de noche (esto último, aunque pueda parecer una tontería, es muy importante, porque siempre había creído que las mayores verdades se escriben de noche). Cuando decidiste que sacaba lo mejor de ti; algo que nunca antes le habían dicho. Y sonrió. Le gustó recordarlo. Y se propuso seguir en quirófano; extirpando de tu chistera cada una de tus carcajadas, cada una de tus historietas, cada una de tus pizpiretas respuestas, cada una de tus encantadoras maneras de convertir a quien te tiene delante en el mejor cirujano de sonrisas.
Y fueron pasando los días y ese alguien tiene puesto desde entonces un traje verde. Sujeta el bisturí entre los dedos, listo para sacar todo lo mejor y nada más que lo mejor, y mantiene a una distancia cercana las tijeras, preparadas para cortar de raíz con cualquier asunto que pueda molestarte. Y esta vez, en este momento, en este instante, en este ahora, con estas dos manos, diez dedos, un corazón y una cabeza que está pensando en ti y escribiendo para ti, se encuentra dentro de la ambulancia. Para eso ha escrito este cuento; para que lo sepas. Para que al despertar nada pueda hacerte daño, y para que en caso de que esto ocurra, tengas una unidad móvil de cuidados intensivos solo para ti. Y aguarda desde que despiertas, sin verte, sin tocarte, pero haciendo todo lo posible por sentirte, y solo dejará de estar de guardia cuando tenga la total certeza de que te has recuperado, de que de verdad has vuelto a vivir como solías... bonito.


Canción de la semana: “I want you back” (Jackson Five)

“Oh baby give me one more chance to show you that I love you; won’t you please send me back in your heart.... nanana I want you back, nanana I wantt you back...”

 
viernes, junio 26, 2009, rallada de belga_seg a las 6/26/2009 01:01:00 AM

Sé que te encantan los refranes y las frases hechas. Soy consciente de la facilidad que tienes para encontrar la palabra oportuna en el momento inesperado. Al contrario, cada día dudo más de que seas capaz de hacerlo en el instante preciso. Pero da igual, esa es otra historia. Te diré una cosa. Te pediré un favor: no se te ocurra volver a darme recuerdos de tu parte a través de otras personas. No me des recuerdos tuyos, que bastante tengo yo con recordarlos.
A ti te dará igual, pero... ¿te has parado a pensar en que los recuerdos no son uniformes? ¿en que no puedes ir dando recuerdos por ahí cuando ni siquiera sabes si quien los reciba lo va a hacer en forma de abrazo después de un gol, de admiración desde una grada, de risa tras cualquier golpe de ingenio o... de frases de esas que un día escribiste o pronunciaste y un tiempo después pareciste olvidar? Pues esos, los últimos, son algunos de los recuerdos que yo recibo si me los dan de tu parte. Y te lo vuelvo a repetir: bastante tengo con recordarlos.
Bastante tengo con mirar la imagen en blanco y negro y recordar que fuiste tú quien se empeñó en que ese día, con un calor agotador de agosto que a ti te había abrazado y a mí no me había ni rozado, nos teníamos que hacer la foto para la que hasta entonces no nos habíamos parado a posar. Bastante tengo con echar un vistazo a la estantería y cabalgar con la mente por el lomo de algunos libros, y especialmente de ese de tapas negras que tantos paisajes me dejó admirar. Bastante supone acordarme de cuando pasabas por delante de una tienda y eras tú quien se acordaba de mí. Y al día siguiente aparecías con un regalo al que abrazo cuando veo cada película a solas en mi habitación. Me pregunto cuándo dejaría de valer lo que valía; es lo único que no recuerdo. ¿Ves? No sé si te das cuenta, pero bastante tengo con tener una memoria que recuerda cada palabra tuya como si la hubiese pronunciado yo. Cada maldita letra. Cada frase que recibí como la noticia más exclusiva. Mía y solo mía. Con la precisión de la hemeroteca de un periódico.
Por eso te pido que hagas el favor de no darme recuerdos. No me obligues a acordarme de que hubo un tiempo en el que yo te enviaba un mensaje y recibía respuesta. No me obligues a acordarme de cuando eras tú quien preguntaba cuándo íbamos a vernos. No vuelvas a darme pasado que bastante lo tengo presente. Prefiero las señales de vida.
Y si no... recuerdos para ti también.


Canción de la semana: 48 horas (Vega)
“48 horas de suicidio compartido, 48 horas de pensar qué hubiera sido, 48 horas de reconocerme en serio que podría, podría no esperar nada más, algo convencional que estamos para eso, qué más da si al final no pretendo optar a la chica de tus sueños...”
 
miércoles, junio 10, 2009, rallada de belga_seg a las 6/10/2009 12:56:00 AM

Quizás un día sea tan valiente que meta la mano en el hueco de un árbol. Sin cerrar los ojos. Estirando la muñeca hasta darla de sí, apartando el cuello y la cara, pero sin cerrar los ojos. Mientras meta el brazo te miraré. Tú estarás esperando a lo lejos con cara de angustia y me diré por dentro que vale la pena. Escucharé el zumbido de las abejas hasta acostumbrarme a sus voces; a sus palabras en un idioma que no es el mío ni lo quiero aprender. Me untaré los dedos recordando la letra de aquel poema que me enseñaste; “Píllate los dedos. Los lameré hasta que no sepan a miel. Hasta que no dejen de ser miel”. Los míos treparán por toda la colmena hasta vaciarla. Recorreré con ellos todos los caminos; tendrá que haber uno que me lleve hasta la reina. Me juraré que una vez más cualquier locura por ti merece la pena. Porque ¿quién puede resistirse al encanto de alguien tan valiente? Dime, ¿quién? Ni siquiera tú. Ni siquiera tus historias paralelas (como yo).
Quizás entonces saque un bloque del color de los rayos de sol que lo atraviesen que creas que no es miel, que es oro. Quizás entonces te des cuenta de que lo único que te he dado desde que te conozco son mis riquezas; toda mi herencia de lo que soy, he sido y seré con todo el mundo, pero contigo de una manera especial. Es inevitable. Caminaré hacia ti y puede que incluso cuando consigas parar tu corazón acelerado y te des cuenta de que, como dice la canción de Luis Ramiro “si me muero, nos entierran a los dos”, llegues a llamarme “encantadora de abejas”. Es lo único que me falta. Aunque lleve algo de ventaja, porque el encantamiento y la magia son primos hermanos y no se me olvida que más de una vez me dijiste que hacía magia. Y espero que eso no se te ocurra negarlo. Eso no es susceptible de tener ni una sola historia paralela.
Siento escribir esto. Lo siento, pero hace un tiempo sentí que aquella actriz estaba demasiado metida en mi papel... Ahora llevo dos días sintiéndome protagonista de novela... a falta de abejas. Tenía que escribirlo.


Disco de la semana: Dramas y Caballeros (Luis Ramiro)
Canción: Tonterías... “Si lo eres todo para mí, contigo me elevo hasta el aire, pero no eres nada mía, tonterías para no dormir, que agonía es tener que decidir entre el agua y la comida”
 
jueves, mayo 07, 2009, rallada de belga_seg a las 5/07/2009 01:50:00 AM

Nunca has sido un héroe para mí. Mucho menos un superhéroe. No te preocupes, es que no creo en ellos; prefiero pensar que hay personas como tú, con alguna que otra S en la barriga y no en el pecho, y una inteligencia que atrapa como lo hace una tela de araña. Personas que ni vuelan ni trepan, pero tienen el poder, que no es súper, pero sí superlativo, de dar vida y hacer sobrevivir a otras que, como yo, llegamos a este mundo sin coordenadas que nos enseñen qué somos, quiénes somos y por qué estamos donde estamos. Personas que tienen el poder de ejercer de chaleco antibalas contra los disparos de la sociedad; esa cuya estrategia más utilizada suele ser lanzar misiles en formas de palabras o de actos. A veces no hay nada que duela más y no existe mejor defensa que la de alguien como tú.
Por todo esto nunca has sido un héroe para mí y por todo esto siempre me he sentido la persona más afortunada y orgullosa del mundo. Porque en mi vida he tenido al lado, desde el primer segundo, a una de esas personas que ni vuelan, ni trepan, ni se esconden tras una máscara para ocultar quiénes son en realidad, aunque siempre sean grandes desconocidas para tanta y tanta gente. Tanta y tanta gente a la que cada día salvas la vida, o al menos velas por ella. Y saber eso me hace feliz. Aunque para algunos tu lenguaje sea incomprensible y no lo entiendan. Aunque para mí no seas un superhéroe. Aunque para mí ni siquiera llegues al rango de héroe. Tú eres mucho más que un personaje de ciencia ficción.
Quizás yo nunca te lo he dicho. Quizás tú muchas veces has pensado, por la forma en la que yo escribo sobre folios en blanco y tú sobre líneas de cuaderno, que somos tan diferentes y pensamos de manera tan distinta que me da igual que seas una de esas personas-no-superhéroes. Que me da igual tu trabajo. Que no conocer los nombres de las constelaciones que llevas bordadas en el pecho refleja mi poco interés. Quizás has pensado que no me gusta ese tipo de astronomía, y menos desde que decidí que quería que mi vida se escribiese en titulares de periódico. Si lo has hecho; si lo has pensado... te equivocas. Te admiro tanto que solo aspiro a encontrar la mitad de vocación y dedicación en mi pluma que la que tú guardas en todos y cada uno de los petates que has ido llenando a lo largo de todos estos años.
Podía habértelo dicho antes o podía habértelo demostrado otras veces si es que no lo he hecho. Pero hoy, apuntando preguntas y escuchando respuestas he sentido y me he dado realmente cuenta de que en ese aula faltabas tú. Tú y todos tus años de experiencia; esos que quizás no han sido suficientes para que asciendas en tu profesión, pero que, sin duda, te puedo asegurar, que han valido de sobra para que en mi orgullo seas el ascendido del mes, del año, y de toda una vida. Tú sí que eres increíble y no el Hulk ese...


Disco de la semana: Metamorfosis (Vega)
Canción: Princesa de Cuento
“Soy tu princesa de cuento; de esas que su palacio sigue en reparación, de esas que van en vaqueros y le crecen enanos en una canción. De esas macarras de cuento que pierden los papeles por un empujón, de esas que ya no recuerdan que besaron a un sapo que no dio el estirón”
 
martes, abril 14, 2009, rallada de belga_seg a las 4/14/2009 01:46:00 AM

Y de repente, al cruzar la puerta, todo se volvió pequeño. Incluso los ciervos del tapiz de la entrada. Me quedaban a la altura, les podía mirar de frente y marcar mi territorio; ese que otorgan y delimitan los años y más años que llevo subiendo a ese ascensor que hace un tiempo hacía “din-don” y que ahora... Ahora ya no eres tú quien me cuenta lo que hacía.
Es curiosa la forma en la que el paso de los años, del tiempo, de los segundos... no, de los segundos no. Es curiosa la forma en la que el paso del tiempo reduce el tamaño de las cosas. Quizás también de las sensaciones. La capacidad que tiene para convertir lo que era inmenso en minúsculo. Estoy convencida de haber jugado en la bañera con un Espinete enorme, siete veces –como mínimo- más grande que el que encontré en el suelo al retirar la cama de la pared para barrer. Menos mal que el pasado no se puede limpiar y que es imposible acabar con aquello que una vez me dio tantos momentos de felicidad. De acuerdo, quizás ese extraño poder que tiene el tiempo con el tamaño es un arma de doble filo. De acuerdo, quizás ese Espinete no era el que metía en la bañera. Había tantos Espinetes...
Pero da igual. Eso no importa. Lo que resulta interesante es que lo que antes parecía un largo y ancho pasadizo entre la cocina y la habitación, ahora apenas es un balcón en el que si me crece la tripa, es posible que deje de respirar. Y no, esto no tiene nada que ver con tu ausencia. Me molesta saber que el mueble del salón no sube hasta el cielo, y que es posible ver lo que hay sobre su superficie; polvo. Nada más. Ya; me dirás que eso lo he podido comprobar hace muchos años, y yo te diré que entonces nunca tuve necesidad de alcanzar el cielo. Me gustaba que fuera imposible rozarlo. Pero ahora sí. Ahora me fijo en esas cosas, busco atajos que me lleven a tocarte. Y el mueble del salón de la casa de Alicante es ya uno menos.
El único consuelo que me queda es haberme dado cuenta del poder minimizador del tiempo; no sé si escribir esto, pero el cubo de lágrimas con el que destrocé castillos de arena este verano también se ha vuelto más pequeño. Te sigo echando de menos, muchísimo, siempre lo haré, pero el dolor también ha visto reducido su tamaño. Como Espinete. Digo yo que será cosa del tiempo.


Canción de la semana: “Llegaremos a tiempo” (Rosana)
“No te quedes aguardando a que pinte la ocasión que la vida son dos trazos y un borrón (...) Tengo miedo de que el miedo te eche un pulso y pueda más, no te rindas, no te sientes a esperar”
 
viernes, marzo 27, 2009, rallada de belga_seg a las 3/27/2009 01:08:00 AM
Se rompió al tercer día. Debió ser el clima o qué sé yo. Quizás todas las horas de diferencia; cuando yo me acostaba, tú te morías por la siesta y volvías al trabajo, y cuando yo me despertaba, tú ya dormías, siempre fiel a tu cita con el sueño. Me resisto a pensar que fuera la distancia, porque últimamente los centímetros entre tú y yo son tantos kilómetros, que sería absurdo pensar que hubiese esperado a romperse en Japón. ¡Imagínate que se llega a perder! Menos mal que hace dos años y medio la habías atado con la fuerza del corazón y esa fuerza, además de fuerte, debe ser inteligente, o simplemente intuitiva, e hizo que esperase a caer en el momento preciso en el que atrapaba la manga de mi jersey dada la vuelta. Entonces la vi sobre la palma de mi mano; sucia, vieja, deshilachada, como lo lleva estando durante, al menos, un año. A mí no me importaba, porque seguía ahí, atada a mí; atada a mí con toda la fuerza del corazón con la que tú quisiste atarla.
La metí en el bolsillo del vaquero, para no perderla, porque si se hubiese perdido no habría encontrado el camino de vuelta ni queriendo; en Japón los carteles los hacen para niños, solo tienen dibujitos, y ella era tan madura que había perdido hasta los colores que tenía cuando me la regalaste, junto a aquella nota que terminaba diciendo “... quiero que lleves esta pulsera, por si tienes la tentación de olvidarte de mí, que una mirada rápida a la muñeca... te quite la idea”. Ojalá hubiese estado escrita en japonés.
En cuanto se rompió, me inventé un cuento; un cuento que pensé que sería japonés, de Imabari, con olor a soja y sabor insípido a arroz. Un cuento con kimono de geisha y atuendo de samurai. Un cuento elegante, serio, respetuoso, como lo son los nipones. Un cuento, como los japoneses, de esos que se leen del final al principio; al revés. Pero hoy que te he vuelto a ver me he dado cuenta de que era chino; un cuento chino. Uno de esos que no se lo cree ni quien lo escribe. El mío no hay quien se lo crea. Y mira que me quedó bonito; especialmente esa parte en la que el olvido llegaba descalzo, sigiloso, como se sube a un tatami, al oír el imperceptible sonido de los hilos desgarrándose, y se apoderaba de quien, hasta entonces, había llevado la pulsera encantada alrededor de la muñeca. El hechizo se rompía y la magia desaparecía sin ningún tipo de dramatismo. La fe en el amor tenía la caducidad de una pulsera deshilachada. Y fin.
En realidad yo no quería olvidarte, solo pretendía no recordarte, y aquella historia funcionaba, menos cuando llegaba la hora obligada en la que yo hacía mi trabajo y tú aparecías entre listas de correo. De acuerdo, quizás me acordaba de ti en más momentos, pero la historia de la pulsera parecía llevar a un final feliz; no al que me hubiese gustado, pero sí a un final feliz.
Sin embargo, hoy me he dado cuenta de que no conté con tu sonrisa; esa que destroza todos los esquemas. Incluso los japoneses. Y mira que eso es difícil.


Disco de la semana: 4.000 Palabras (Conchita)
Canción: Dónde lo guardo... “Prometí no dar señales de vida y hasta hace un rato estaba ahí, escondida, diciendo a la gente que todo pasó, que cayeron tus ruinas (...) pero dónde lo meto, dónde lo escondo, dónde lo guardo; mientras te olvido, todo el amor, ¿dónde lo escondo? Que lo he intentado y no hace ni caso, dónde lo guardo...”
 
jueves, marzo 05, 2009, rallada de belga_seg a las 3/05/2009 02:06:00 AM

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme... Y ahora aquí estoy, a unas horas de hacer la maleta para ir a buscarte tan lejos. Rectifico; a encontrarte tan lejos, porque me parece que, aunque ya no, antes tú y yo también andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. No sé hasta qué punto llega a ser patético, supongo que a ti te lo parecerá hasta el final, pero la frustración es tal que ya hasta llego a desear que la respuesta esté en que te perdiste en algún capítulo y te quedaste en París sin que nadie se enterara. Deseo pensar, por ejemplo, que te sumergiste en el Quai de la Mégiserie, junto al Pont Neuf, donde quizás le pediste a algún pez hacer un intercambio de memorias; eso explicaría que parezca que ya no te acuerdas de nada. O deseo pensar, por poner otro ejemplo, que te quedaste en una de las butacas de la Salle de Géographie, esperando al siguiente concierto de piano de Berthe Trépat, mientras analizabas aquello... ¿cómo era? Hay ausencias que representan un verdadero triunfo. La tuya supone un auténtico fracaso. Por eso voy hasta allí, a pesar de que tú seguramente creas no haberte movido de aquí.
Lo pienso y me resulta curioso darme cuenta de cómo ha cambiado la manera de volar hasta París. Han pasado más cosas que tiempo desde entonces, pero antes me bastaba un mensaje para elevarme por encima de la Torre Eiffel y hacer que el vuelo durase hasta la noche siguiente, por lo que no era necesario ni aterrizar, y ahora... ahora he tenido que gastar todo el dinero que, aunque no te lo creas, ahorré en miles de otros mensajes que quizás escribí pero nunca te envié, para comprar un billete; un papel sacado de Internet. Ni siquiera es un billete de verdad. Otra vértebra rota a los románticos. Pocas nos quedan para morir.
Si te soy sincera, creo que es de las pocas veces que llevo la esperanza en el equipaje de mano. Por mucho que tenga que ver contigo, por mucho que esté convencida de que existió un misterio central, en esta ocasión pesa tan poco siendo tan sólida que me dejarán subirla al avión. Puedo consolarme pensando que siempre es mejor poco que nada, y que, sin nada valioso dentro, la maleta seguirá su curso entre la mediocridad. Así la recuperaré sin problemas mientras espero, junto a tantas y tantas miradas perdidas, a que la cinta transportadora compense mi infinita paciencia. En ese momento ya habré llegado a París, sonará de fondo La Valse d'Amélie y habré empezado a recordar que mi única culpa es no haber sido lo bastante combustible para que a ella se le calentaran a gusto las manos y los pies. Sin poder evitarlo me seguiré preguntando hasta dónde habrá llegado el resto para serlo.

Canción de la semana: “Una vez más” (Los Galván)
“Nunca te paras a pensar, nunca te has puesto en mi lugar, nunca me has enseñado tu sinceridad. Puede que no te vuelva a ver más (...) una vez más pregunto y sé que no responderás... mientes una vez más”